TURISMO · CRISIS CLIMÁTICA · RECIPROCIDAD
Cuando la naturaleza deja de ser un destino
La crisis climática nos obliga a reinventar el turismo. Pero quizá la pregunta más importante no sea cómo salvar nuestros negocios, sino cómo transformar nuestra relación con el mundo que los hace posibles.

Hay una forma de silencio que solamente he conocido en las montañas.
No es la ausencia de sonido. Es algo más difícil de explicar. Una sensación de estar frente a algo inmensamente antiguo, algo que existía mucho antes de nosotros y que continuará su camino sin necesitar nuestra presencia.
En las alturas del Himalaya y de los Andes, entre glaciares, valles y comunidades que han habitado esos territorios durante generaciones, he aprendido que la naturaleza no es un escenario dispuesto para nuestra contemplación.
Es un sistema vivo del que formamos parte.
Sin embargo, durante mucho tiempo hemos organizado nuestra relación con estos lugares como si fueran productos. Hemos convertido montañas en itinerarios, bosques en atractivos, ríos en actividades y paisajes en experiencias que pueden reservarse con una tarjeta de crédito.
Y hemos aprendido a medir el éxito de esas actividades mediante una pregunta casi exclusiva:
¿Cuánto dinero generan?
Hoy, mientras la crisis climática transforma los territorios de los que depende nuestra industria, creo que ha llegado el momento de formular otra pregunta.
¿Qué estamos perdiendo mientras seguimos creciendo?
Cuando el territorio cambia las reglas
En Bushman Expeditions organizamos viajes que atraviesan algunos de los paisajes de montaña más extraordinarios del planeta.
Uno de ellos es la región del Manaslu, en Nepal.
Para nosotros, estas expediciones nunca han sido simplemente caminatas. Las concebimos como retiros en movimiento: experiencias de encuentro con el paisaje, con las culturas que lo habitan y con dimensiones de nosotros mismos que difícilmente aparecen en la vida cotidiana.
Pero durante la preparación de una expedición reciente, las condiciones en la región nos obligaron a reconsiderar nuestros planes.
La incertidumbre sobre la ruta, los riesgos para los participantes y la necesidad de buscar alternativas nos colocaron ante decisiones difíciles.
¿Qué sucede cuando el camino que conocemos deja de ser seguro?
¿Qué ocurre con los guías, porteadores, familias y comunidades cuya economía también depende de esas expediciones?
No sería riguroso atribuir un episodio concreto de inestabilidad en la montaña exclusivamente al cambio climático sin estudiar sus causas. Pero sabemos que el calentamiento global está transformando las condiciones de muchas regiones de alta montaña.
El problema no es solamente que algunos itinerarios estén dejando de ser viables.
Es que las condiciones que durante generaciones dieron forma a nuestra relación con esos territorios están cambiando.
Y nuestra industria parece más preparada para calcular las pérdidas económicas que para comprender todas las demás pérdidas que están ocurriendo.

El glaciar que conecta una montaña con el mar
En México existe una historia que permite comprender la profundidad de estas conexiones.
En la montaña más alta del país, el Citlaltépetl o Pico de Orizaba, sobrevive el glaciar Jamapa.
Durante décadas, investigadores y montañistas han documentado su retroceso. En 2019 su superficie se estimaba en aproximadamente 0.46 kilómetros cuadrados. Para mayo de 2024, se había reducido a 0.37.
El periodista ambiental Rodrigo Soberanes ha seguido esta historia durante años. En marzo de 2026 publicó una investigación en Dialogue Earth que propone observar el problema desde una perspectiva extraordinaria: no quedarse en el glaciar, sino seguir el agua montaña abajo.
Su recorrido comienza entre el hielo y las rocas del Citlaltépetl, continúa por bosques y comunidades rurales, atraviesa regiones agrícolas y termina en el Golfo de México, donde el río Jamapa desemboca dentro del Sistema Arrecifal Veracruzano.
La cuenca del Jamapa proporciona agua a más de medio millón de personas en al menos 34 municipios, según los datos recogidos en la investigación.
Aunque el funcionamiento de una cuenca depende de muchos factores, el retroceso glaciar forma parte de una transformación ambiental mucho más amplia.
El trabajo de Soberanes también recoge el testimonio de Hilario Álvarez, un montañista que conoce el Pico de Orizaba desde 1968.
Durante una ascensión en 2025 experimentó lluvia a altitudes donde, décadas atrás, esperaba encontrar nieve.
La ciencia todavía no puede establecer con certeza una fecha exacta para la desaparición del Jamapa.
Pero su retroceso está documentado.
Y detrás de ese retroceso existe una historia que difícilmente cabe en una estadística turística.
Porque cuando desaparece un glaciar, no perdemos solamente una superficie de hielo.
Se transforma un paisaje. Cambian condiciones hidrológicas. Se altera la relación de las personas con una montaña que ha formado parte de su horizonte durante generaciones.
Y quizá también desaparezca algo para lo que todavía no tenemos indicadores adecuados: una parte de nuestra memoria colectiva.
Un glaciar no es únicamente agua congelada. También puede ser un lugar de pertenencia, identidad y significado.

La riqueza que nuestras estadísticas no saben interpretar
Durante una conversación reciente con especialistas en conservación, turismo y desarrollo comunitario, surgió una cuestión que considero fundamental.
Hablábamos de comunidades indígenas que viven en territorios de extraordinaria riqueza ecológica y cultural.
En algún momento apareció la palabra pobreza para describirlas.
Es una palabra que merece examinarse.
Desde una perspectiva económica, muchas de estas comunidades enfrentan condiciones materiales difíciles, desigualdad y oportunidades limitadas. Negarlo sería irresponsable.
Pero también sería un error concluir que el dinero es la única medida de su riqueza.
¿Qué valor tiene una lengua que conserva conocimientos acumulados durante siglos?
¿Qué valor tiene una relación con la tierra que no se fundamenta exclusivamente en la propiedad o la explotación?
¿Cómo medimos la continuidad de una tradición o la transmisión de conocimientos sobre los ciclos naturales de un territorio?
Nuestras herramientas económicas pueden registrar ingresos, empleos y crecimiento. Pero difícilmente pueden expresar la totalidad del significado de esas relaciones.
Esto no significa idealizar a los pueblos originarios. Significa reconocer que existen múltiples formas de conocimiento, bienestar y relación con el mundo.
Y que el turismo, cuando entra en esos territorios, no debería hacerlo suponiendo que tiene la autoridad para definir qué significa el progreso.
Tal vez nuestro papel no sea llevar una idea de desarrollo previamente diseñada, sino escuchar y colaborar con las comunidades para que ellas mismas determinen qué quieren conservar, transformar o compartir.
¿Y si un destino económicamente exitoso fuera un fracaso ecológico?
Imaginemos un destino turístico que recibe cada año más visitantes.
Sus hoteles mantienen una ocupación elevada. Los ingresos aumentan. Se construyen nuevas instalaciones y se inauguran nuevas experiencias.
Desde los indicadores tradicionales, estaríamos ante un caso de éxito.
Pero imaginemos que, al mismo tiempo, disminuye la disponibilidad de agua, se fragmentan los hábitats y las comunidades locales pierden capacidad para decidir sobre el futuro de su territorio.
¿Podemos seguir llamándolo exitoso?
No se trata de negar la importancia de la actividad económica.
El turismo puede generar oportunidades extraordinarias, crear empleos dignos, fortalecer economías locales y proporcionar recursos para conservar paisajes naturales.
Nosotros mismos dependemos de esa actividad.
Pero existe una diferencia fundamental entre considerar la rentabilidad como una condición necesaria para sostener un proyecto y convertirla en la medida absoluta de su valor.
La rentabilidad nos dice si un negocio puede mantenerse. No necesariamente nos dice si aquello que hace está contribuyendo a sostener la vida.
Quizá necesitamos ampliar nuestros indicadores.
Junto al número de visitantes, observar la salud de los ecosistemas.
Junto a la ocupación hotelera, medir la disponibilidad y calidad del agua.
Junto al crecimiento económico, examinar la distribución de los beneficios, la autonomía de las comunidades y la continuidad de sus prácticas culturales.
Y reconocer que un destino tiene límites ecológicos que no desaparecen porque exista suficiente demanda para seguir creciendo.
La diferencia entre adaptarse y transformar
Frente a la crisis climática, la industria turística habla cada vez más de resiliencia.
Necesitamos destinos y negocios capaces de responder a condiciones cambiantes.
Cuando una temporada de nieve se acorta, un destino puede desarrollar actividades culturales o nuevas experiencias en otras épocas del año.
Cuando una ruta deja de ser segura, un operador necesita alternativas.
Pero existe una pregunta incómoda que no deberíamos evitar:
¿Qué sucede cuando nuestra adaptación económica genera nuevas presiones sobre el territorio?
Cambiar una actividad por otra no garantiza que estemos actuando de forma sostenible.
Podemos diversificar productos turísticos y continuar deteriorando los mismos sistemas naturales que pretendemos proteger.
Por eso necesitamos distinguir entre adaptación y transformación.
Adaptarse significa modificar nuestras operaciones para responder a nuevas condiciones.
Transformarnos exige revisar los principios que orientan nuestras decisiones.
La primera pregunta cómo podemos continuar.
La segunda pregunta qué vale la pena continuar y de qué manera.
De la sostenibilidad a la reciprocidad
Durante años hemos hablado de minimizar el impacto de nuestros viajes.
Reducir residuos, consumir menos recursos, respetar la vida silvestre y disminuir emisiones son responsabilidades fundamentales.
Pero quizá ha llegado el momento de preguntarnos si reducir el daño es suficiente.
La ecología profunda, una corriente de pensamiento que ha influido significativamente en nuestra filosofía dentro de Bushman Expeditions, nos invita a reconsiderar la idea de que la naturaleza existe principalmente para satisfacer necesidades humanas.
Desde esta perspectiva, otras formas de vida poseen valor más allá de su utilidad económica.
No necesitamos demostrar cuánto dinero produce un bosque para reconocer que merece existir.
No necesitamos convertir una montaña en un atractivo turístico para encontrar razones para protegerla.
Y no deberíamos valorar un río únicamente por el volumen de agua que podemos extraer de él.
Esto transforma nuestra manera de entender el viaje.
Visitar un territorio deja de ser exclusivamente una transacción entre un proveedor y un consumidor.
Puede convertirse en una relación.
Y las relaciones saludables implican responsabilidad, respeto y reciprocidad.
Para un operador turístico, esa reciprocidad puede significar remunerar justamente a sus colaboradores, apoyar iniciativas locales de conservación, respetar los límites de acceso a lugares frágiles y permitir que las comunidades participen verdaderamente en las decisiones.
También puede significar aceptar que determinados lugares no deberían comercializarse, aunque exista demanda.
No todas las experiencias tienen que convertirse en productos.
No todos los paisajes necesitan recibir visitantes.
Y no todo crecimiento representa progreso.
Viajar para aprender a pertenecer
En Bushman Expeditions hemos elegido un camino que intenta reconciliar la aventura y la contemplación.
Nuestros viajes no buscan solamente alcanzar una cumbre, recorrer cierta distancia o acumular destinos.
Buscan crear condiciones para que algo cambie en la manera en que una persona se relaciona consigo misma y con el mundo.
En una caminata de varios días, lejos de las rutinas cotidianas, el cuerpo comienza a recuperar otra percepción del tiempo.
Aprendemos a reconocer nuestros límites. A escuchar. A observar cambios sutiles en la luz, el viento y el paisaje.
A comprender nuestra dependencia del agua, de los alimentos y de quienes conocen el territorio.
La montaña no necesita enseñarnos nada.
Pero nosotros podemos aprender mucho cuando dejamos de intentar dominar la experiencia.
Esta forma de viajar no está exenta de contradicciones.
Para llegar a determinados destinos utilizamos transporte, consumimos recursos y generamos emisiones. La intención de crear una experiencia transformadora no elimina su impacto ambiental.
Reconocerlo es indispensable.
No aspiramos a presentar nuestros viajes como actividades sin consecuencias, sino a asumir una responsabilidad cada vez más consciente sobre ellas.
Y también a preguntarnos qué ocurre después del regreso.
¿La experiencia modifica nuestras decisiones?
¿Nos hace más sensibles ante la fragilidad de otros seres vivos?
¿Transforma nuestra manera de consumir, producir o relacionarnos con los lugares que habitamos?
Si el viaje termina cuando regresamos a casa, quizá hemos desaprovechado una parte importante de su potencial.
El futuro del turismo es también una pregunta ética
En noviembre de 2026 participaré como moderador en ITB Americas, en Guadalajara, en una conversación sobre cómo reinventar el turismo cuando la crisis climática transforma o cancela los productos que ofrecemos.
Compartiré ese espacio con especialistas en resiliencia climática, conservación y turismo regenerativo.
Será una oportunidad para discutir herramientas concretas: cómo preparar destinos, diversificar experiencias, fortalecer comunidades y desarrollar modelos de negocio capaces de responder a un futuro incierto.
Pero quisiera que esa conversación dejara también una pregunta más profunda.
Durante décadas hemos dedicado enormes esfuerzos a perfeccionar nuestra capacidad para atraer visitantes, desarrollar productos y generar ingresos.
Quizá ahora necesitamos dedicar una energía comparable a comprender cómo nuestras actividades afectan la vida de los territorios.
No creo que debamos elegir entre prosperidad económica y bienestar ecológico.
Pero sí creo que debemos dejar de tratar el bienestar ecológico como un beneficio secundario.
La economía no existe fuera de la naturaleza.
Nuestros hoteles, nuestros caminos, nuestras expediciones y nuestras ciudades dependen de sistemas vivos que no podemos reemplazar simplemente con inversión o tecnología.
Y cuanto antes comprendamos esa dependencia, mayores posibilidades tendremos de construir una industria verdaderamente responsable.
Tal vez el futuro del turismo no consista solamente en descubrir nuevos lugares, diseñar mejores experiencias o aprender a operar en condiciones más difíciles.
Tal vez consista en recuperar una idea mucho más sencilla y mucho más antigua.
No somos propietarios del mundo que visitamos. Somos parte de él.
Y quizá el verdadero éxito de un viaje, de una empresa o de un destino no debería medirse únicamente por lo que obtenemos de un lugar.
Sino también por lo que permanece vivo gracias a nuestra presencia.
Mario Dib Fundador de Bushman Expeditions
En Bushman concebimos el viaje como una oportunidad para cultivar conciencia, explorar nuestra relación con la naturaleza y establecer encuentros respetuosos con las culturas y los territorios que nos reciben.
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